Carlos Callizo es nacido en Sevilla en 1965, pero quiso el destino y otros avatares familiares que cursara la carrera de Bellas Artes en la Universidad de Murcia, realizando el doctorado con calificación “Cum Laude”. La vinculación con Murcia ha sido una constante en su obra donde además ejerce como Profesor en la Facultad de Bellas Artes.
Una larga carrera de éxitos y premios jalonan la trayectoria de Carlos. Todo empezó con el primer Premio de Pintura Murcia-Joven en 1994, pero ya en 2008 recibe el Premio Nacional de Bellas Artes. Por ese transcurrir de los años sumen ustedes un cúmulo de Premios y Exposiciones internacionales del que no es objeto hacernos eco aquí, quizá porque baste con ver la fuerza de su obra, ese impacto visual que no deja indiferente a nadie.
Una obra fuera del tiempo que protagoniza siempre esa extraordinaria paleta de colores con la que Carlos nos habla. Y nos dice que la actitud es el movimiento, y que captar la elegancia y la sensibilidad de la verdad es su objetivo.
Hablamos con los cuadros y nos adentramos en profundidades abisales desde una apariencia de estatismo que nos asombra. Nada sobra, nada falta, todo tiene sentido, todo está al servicio de una mensaje, de una idea, salta a la vista esa coherencia que cabalga entre la ética y la estética. Carlos impregna el espacio con su propio universo de una forma totalmente convincente. Se advierte una integración fuera de corrientes, de modas y modismos, una forma de mirar, de ser, de existir.
Quizá sea Carlos un pintor que despierta siempre una corriente de público fiel, entregado, sabedor de que una exposición es un acontecimiento, un público que contempla sus retratos pensando que esos personajes jamás pudieron ser retratados de otra manera, un público que al mirar su obra pareciese que lee un libro, acaso de psicología, historia o ecología. Un público heterogéneo pero con un denominador común, la capacidad de sorprenderse y de jugar a ser feliz, a entender la obra, a dialogar con ella. Y en eso andamos todos en las exposiciones de Carlos, imaginando los cuadros colgados en nuestras casas y espacios, cavilando donde poner tal escultura, tal retrato, tal paisaje inmaterial, porque la obra de Carlos Callizo está pensada para cumplir la función primitiva del arte, complementar la existencia del hombre, es cierto que hablamos mucho de esa concepción artística de la manifestación de lo sagrado, pero Carlos convierte esa acepción en la cotidianidad de hacernos la vida más feliz. Su obra es obra para llevársela puesta amigos míos, para echarla al coche y llegar ávidos a casa para exponerla, hoy aquí, mañana allá, para mirarla mucho, para descubrir siempre matices nuevos, una obra que crece con el tiempo, porque Carlos maneja esa variable de la intemporalidad como muy pocos.
Hoy se puede disfrutar de su obra en la Galería Rodamorón, en Juan Carlos I, 5. Y me consta que muy pronto Carlos nos va a sorprender con otro de esos acontecimientos que tanto agradecemos los que le seguimos. Acaso la vida sea sólo esas pequeñas cosas que nos suceden entre acontecimientos que nos marcan.
Quisiera antes de terminar esta crónica hacer notar que se advierte un compromiso absoluto con la verdad de su profesión, de su vida, de sus gustos y aficiones, un regusto por la naturaleza y las artes afines, un interés en otras disciplinas artísticas, en corrientes culturales, en el devenir de su tiempo, de su historia, de su vida.
Será que al fin sólo se trata de eso, la historia de Carlos es tan sólo la historia de una vocación.